En los momentos previos a una elección o ante el inminente cambio de un gobierno estatal o municipal, la política suele mostrar su rostro más crudo. Las lealtades se vuelven frágiles, los discursos se acomodan y las convicciones, en muchos casos, se subordinan al cálculo personal. Es en estos periodos cuando las traiciones políticas dejan de ser episodios aislados y se convierten en una constante del juego de poder.
Estas prácticas erosionan la confianza pública y debilitan a las instituciones democráticas. Cuando la política se reduce a una suma de intereses individuales, el debate público se vacía de contenido y el ejercicio del poder pierde legitimidad. La traición no solo rompe pactos internos; también envía un mensaje de cinismo a la sociedad, normalizando la idea de que “todo se vale” en la lucha por el poder.
En tiempos de elección , la responsabilidad de las y los actores políticos debería ser mayor. La estabilidad institucional, la gobernabilidad y el respeto a la voluntad popular tendrían que estar por encima de ambiciones personales. Sin embargo, la historia reciente demuestra que no siempre es así.
Frente a este escenario, la ciudadanía tiene un papel clave: observar, recordar y evaluar. Las traiciones políticas pueden dar ganancias momentáneas, pero suelen tener costos a largo plazo. En democracia, la memoria social es una forma de rendición de cuentas.

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